Entrevista realizada en 2005 por los docentes de la Cátedra con el escritor Asdrúbal Salsamendi en torno a la figura de Arturo Despouey, su familia y su tiempo


UNA ENTREVISTA A ASDRÚBAL SALSAMENDI SOBRE ARTURO DESPOUEY, SU FAMILIA Y SU TIEMPO

Transcripción de dos entrevistas telefónicas colectivas con Salsamendi, residente en España, mantenidas entre julio y agosto de 2005. La desgrabación fue realizada por la Lic. Gelsi Ausserbauer.

Lisa Block de Behar: Asdrúbal Salsamendi, hoy le hablo desde la Universidad de la República.

Asdrúbal Salsamendi: Sí, adelante.

L.B.B.: Somos cuatro las personas que estamos aquí para hablar con usted. Formamos parte del Seminario-Taller de Análisis de la Comunicación, uno de los últimos que tienen los estudiantes en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Los tres docentes que me acompañan son egresados y, por lo tanto, licenciados. Uno de ellos es Rubén Acevedo. Se ha especializado en periodismo radial y es uno de los mejores de la nueva generación. Después le va a hablar Federico Beltramelli, quien últimamente ha realizado un film muy bueno, con cierto aire costumbrista, sobre algunos personajes en una ciudad del interior, pero que lo trasciende. Walter Sollier, que es un gran lector, nos ayuda en todo lo que tiene que ver con esa área y ha tenido oportunidades muy diversas para leer. Asdrúbal, usted conoce la historia del país y esto le hizo hacer de la biblioteca un lugar muy especial y de ese lugar una biblioteca. Comienzo por preguntarle ¿cuándo conoció a Arturo Despouey?

A.S.: Lo conocí en la casa del director del Liceo nº 4, Pablo Bernier, en 1934. Medía un metro ochenta u ochenta y pico; era de una delgadez infernal y se enredaba las piernas y caía con mucha facilidad. Me asombró el personaje. Yo estaba acostumbrado a conocer gente común, normal.

L.B.B.: Sí, era excepcional.

A.S.: Toda la familia Despouey lo era. Parecían personajes de distintos autores.

L.B.B.: Entonces, ¿a Alma Despouey la conoce por su hermano Arturo?

A.S.: No, de Alma me enamoré en el Liceo nº 4. Cuando se fue a inscribir.

L.B.B.: Es decir que conoció a Aruro Despouey por Alma…

A.S.: Sí. Fuimos a hacer una obra de teatro en el Liceo y Alma nos dijo que su hermano sabía dirigir. Aceptamos, ni sabíamos cómo.

L.B.B.: Es interesante la forma del encuentro. Después ¿continuaron trabajando juntos?

A.S.: (Risas) No, no. Lo de Despouey fue algo complicado. Depende de qué manera quiera saber cómo era. Despouey fue, por lo menos, tres personas distintas. Una es el escritor, de audacia a lo Bernard Shaw…

L.B.B.: Muy provocador.

A.S.: Provocador y agresivo.

L.B.B.: Era su función.

A.S.: No, no. No estoy hablando del crítico.

L.B.B.: En la ficción también.

A.S.: No. Era así. Escribía un poco lo que él quería representar en la vida: que no era como el común de la gente de la época en Montevideo, los que encarnaban lo que yo llamo la filosofía de la Parva Domus.

L.B.B.: Sí, claro. Cierta pequeñez.

A.S.: No solo eso. Había una burguesía en la que no podía usarse el traje marrón, porque era muy feo, y la mujer no podía salir sin sombrero. Porque una mujer que salía sin sombrero era una prostituta. No sé dónde se iba a bailar, porque nunca fui. Yo lo único que veía era una gran tristeza. Lo más típico era un café, en que tocaban mujeres, al que un día llevé a unos ingleses. Uno de ellos me dijo “Pero están de duelo”, y yo le contesté: “No, están escuchando un tango”.

L.B.B.: Sí, es un poco esa sensibilidad.

A.S.: Era tristísimo, patético. La gente estaba muy preocupada por cómo vestirse. La única libertad que nos tomábamos era ponernos un sweater en lugar de un chaleco. Cosa muy importante…

L.B.B.: (Risas) Sí, era una amplitud de miras… Lo dejo con Rubén Acevedo.

Rubén Acevedo: Repasando su libro La ventana interior me llama la atención su “tío malo”, que le regala sesenta libros. ¿Cómo influyó en su formación literaria y en su vida de periodista esto que le ocurrió tan tempranamente?

A.S.: Esos libros me habían abierto al mundo. Cuando llegué al Liceo ya había leído casi todos los clásicos. A mi otro costado llegué por causa de Arturo Despouey, a través de su hermana, que era mi posible novia. Me hizo llegar Mi vida, de Isadora Duncan, y después Mijaíl de Panait Istrati. Eso me volvió loco. Me lancé como una fiera a toda la literatura de esa época.

R.A.: Usted publicó por primera vez en 1945, sobre Churchill, en plena guerra mundial. ¿Qué amplitud tenía el tratamiento de esa guerra en los medios de la época? ¿Por qué elige escribir a los veintiséis años?

A.S.: Viajé a Inglaterra en 1946. Creo ser un animal de instinto y, desde el año 1938, sufría lo que estaba sucediendo en Europa, hasta el punto que me llamaban El loco Salsi. Me decían que era muy negativo. Yo respondía que no lo era, que veía las cosas que estaban sucediendo. Leí Mein Kampf, en una edición pirata chilena de 1933, el año en que fue publicada.

R.A.: Un año clave para el Uruguay…

A.S.: Hombre, sí. A la Segunda Guerra Mundial yo la vi en relación al libro de Hitler. Lo que él hizo fue ni más ni menos que aplicar su plan. Parecía un absurdo que yo me preocupara por esas cosas, o que trabajara gratis, una o dos veces por semana, en Radio Ariel y también en Radio Oriental, de donde me echaron durante la guerra. Yo entendía que había que enfrentarse de cualquier manera al nazismo, de cualquier manera. Hasta quise ir a la guerra, yo, que soy profundamente pacifista. Me inscribí y todo.

R.A.: Como voluntario, claro.

A.S.: Sí, claro. No me dejaron ir. Lo siento hasta hoy día. Era muy importante luchar contra Hitler y pararlo en África. Tenía un mapa enorme con banderillas.

R.A.: Esa fue la influencia del “tío malo” que describe en su libro.

A.S.: Naturalmente. El “tío malo”, como digo un poco en broma, me introdujo en un mundo que mi familia no me había mostrado. Fue de importancia en mi vida. Me obligó a determinarme. Él quiso dominarme, como dominaba a toda la familia.

R.A.: ¿Cómo era la reacción de la gente de los medios de comunicación, en los años 38 y 39, con respecto a lo que pasaba en Alemania, en Italia, en la Guerra Civil de España?

A.S.: La gente no reaccionaba. Ni siquiera reaccionó cuando se publicó el libro de Brena y otros legisladores, que informaba de las actividades del nazismo en el país, Alta Traición en el Uruguay. Era un informe del Senado.

R.A.: ¿Es la época de Los Nazis en el Uruguay, de Fernández Artucio?

A.S.: Fue más tarde que vino el libro colosal, del Senado, de Brena y Cardozo. Nadie lo leyó, a nadie le importó. Creían que era un juego de palabras, que se trataba de política interna.

R.A.: Yo soy posterior, no lo viví. ¿La gran cantidad de empresas alemanas de la época, algunas de las cuales aún subsisten, apoyaba al régimen?

A.S.: No era que apoyaran. Hitler hizo una cosa muy inteligente. Por entonces los gobiernos aspiraban a ser modernos y Terra quería hacer una represa. Los alemanes, los franceses, los ingleses y los estadounidenses hicieron sus propuestas, pero los alemanes ofrecieron la mitad del precio que todos los demás. Detrás tenían la forma de entrar a Uruguay. Fue fantástico, muy bien hecho.

Federico Beltramelli: Si bien este momento es muy importante socialmente, en cuanto a la actividad de Despouey y suya como periodista, ¿qué lugar tenía la crítica en el Uruguay?

A.S.: Era muy mala. Consistía en comentar películas para que te dieran entradas gratis. Arturo fue quien creó una crítica profunda, seria. Cuando aquí se estrenó una película considerada importante, Vocación, el comentario de Arturo fue Vacación. Era mala leche, pero con el título ya estaba hecha la crítica. Escribió algunas sensacionales, incluso de la primera película psicológica de la Paramount, creo que con Ann Harding. La Paramount hizo que la explicara al público para que la pudieran entender, porque no estaban acostumbrados. La crítica sobre El halcón maltés causó revuelo en Estados Unidos. Como crítico era muy bueno.

F.B.: ¿En qué sentido causó revuelo?

A.S.: En que comenzaron a tomar esa película en serio. La consideraban de segunda clase. El distribuidor la mandó, quizá sin cuidado, pero luego de este hecho empezó a ser estudiada con detenimiento.

F.B.: Me preguntaba si existen antecedentes de críticos o de escuelas.

A.S.: Bueno, luego vino Cine Radio Actualidad. Había un grupo, en el que estaba Hugo Rocha, espléndido. También Homero Alsina Thevenet, que era casi un niño y hoy es de primera. Todos los que trabajaron con Arturo lo adoraban, tanto en Uruguay como en Estados Unidos o Francia. En todas las empresas en que trabajó no fue un ejemplo. Pero cuando lo hizo como freelance fue de una seriedad y una seguridad extraordinarias.

F.B.: ¿Usted cree que hoy hay continuidad?

A.S.: Yo no podría decírselo, pues desde el 72 no volví. Si existe el mismo espíritu, podría haberla. Uruguay es un crisol, para sí y para América Latina.

Walter Sollier: Volviendo a Arturo en su labor como periodista, específicamente en conflictos bélicos, ¿cómo veía su trabajo? ¿Tenía o elaboró alguna pauta?

A.S.: He visto varios errores sobre la vida de Arturo. En primer lugar, en Montevideo, su abuela, que es una especie de personaje de cine o de Dostoievski, lo hace entrar a una comisaría, como escribiente. Fue el primer trabajo que tuvo, lo cual es totalmente absurdo, por su personalidad. Después es secretario del Teatro 18 de Julio y, luego, traductor de la Ancap. Allí conoce a Ralph Cowling, director del Instituto Cultural Anglo-Uruguayo, que es fundamental en su vida. Cowling lo admira. Le obliga a dar conferencias en el Instituto y se las paga, lo cual era imposible en aquella época, inconcebible, y le da una beca para estudiar literatura inglesa. Arturo se embarca, en medio de la guerra. Se hunden todos los barcos que van en el convoy. Llega a Inglaterra y se hace amigo de Ángel Lara, el director del Departamento de Español de la BBC, que hizo dos de las cosas más maravillosas que he visto hacer. Una de ellas fue El Quijote, con Arturo como relator, que era tartamudo… La otra fue Ollantay, en una versión de Rojas, el profesor argentino. Estando en medio de ese trabajo, la CBS de Estados Unidos lo invita a ser corresponsal de guerra. Él acepta. ¿Cuál era su actitud? Informar de la mejor manera posible de lo que sucedía, con la intención clarísima de ir contra el nazi fascismo. Arturo estuvo con el general Clark, quien abrió, si mal no recuerdo, el primer campo de exterminio. Yo, que imitaba la voz de Arturo, quedé asombrado porque oí un sollozo durante cuarenta y tantos minutos. Esa era la versión de lo que había visto. Yo lo seguía y lo escuchaba todos los días. Fue excelente; daba información de primerísima mano.

W.S.: Tanto él como usted no volvieron a la patria chica.

A.S.: No, yo volvía cada dos años, hasta que vinieron los militares y me dije “eso no va conmigo”. Durante la dictadura regresé y no encontré a mis amigos. Muchos se fueron; muchos desaparecieron, entre paréntesis. Otros estaban muertos. Miré los edificios. Recuerdo que llegué a un café, caminando. Me senté y la gente hizo un vacío. Pensaban que era un policía. Eso para mí era inadmisible. Yo nunca tuve miedo en Uruguay. En vez de quedarme un mes, esa misma tarde me fui y no volví.

W.S.: Es decir, la Parva Domus.

A.S.: No, eso no tenía que ver. Lo que le expliqué y el ver a los niños pedir, no lo pude aguantar.

W.S.: ¿Y en el caso de Arturo?

A.S.: ¿Cómo explicarlo? Arturo era como tres personajes. Era un personaje de libro, más inglés que uruguayo, y más francés que inglés, diría yo. Le gustaba el Uruguay. Él podía ofender a la burguesía. Podía salir del Cine Rex y bailar por la calle con su hermana. O ir vestido, en invierno, con traje blanco y bombín negro, o con corbata azul bolita y un clavel rojo. La gente se reía. De allí salió su frase “Qué ovariuda es esa mujer”, para referirse a las que se reían de él. Estaba en otra cosa. La apariencia era importante para él. Y la apariencia era una lucha. Mi gran sorpresa surgió cuando murió y me dijeron que no era un buen escritor. Él que, pese a su tartamudez, daba conferencias, y tan campante. Las había leído tres veces…

L.B.B.: ¿Cuáles eran las personalidades de Despouey?

A.S.: No había teatralidad sino afirmación de personalidad. Arturo quiso profundamente a tres personas en su vida. A su madre, hecho que lo llevó a una relación algo freudiana con su padre, lo cual era falso; a su hermana Alma; y a una especie de primo, Florencio Escardó, que fue Decano de la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires, además de un gran escritor. Esas son las personas que yo creo que él amó. Me dijo a mí, en persona: “Yo soy burgués y lo quiero ser”, y estaba contra la burguesía como preconizaban los jóvenes del 68. Quería ser provocador. En una reunión a la que lo invité en Nueva York, levanta su copa y brinda: “Por mi impotencia”.

L.B.B.: Pour épater le bourgeois… et tout les autres.

A.S.: Sí. Yo estaba acostumbrado a sus salidas. En esa ocasión me arruinó la fiestita a mí. A él le encantaba. Si hubiera sido ahora le habría contestado con otra barbaridad.

L.B.B.: Se adelantó a la era de la provocación que hoy, por otra parte, sería natural. ¿Sería ese el segundo Despouey?

A.S.: Es así. El tercer Despouey es el escritor, y es el escritor profundo, muy profundo. Y muy parecido a su hermana Alma. Una noche fuimos hablar al Tupi Nambá y, cuando quise acordarme, nos estaban ofreciendo el desayuno. Habíamos pasado toda la noche. No me di cuenta. Al igual que su hermana era muy, muy inteligente. Ella nunca escribió porque era mejor que él.

L.B.B.: Por generosidad.

A.S.: Sí, por ello. Esto es poco conocido. Esa noche con Arturo fue increíble. Es un hombre que el Uruguay está olvidando. Y eso es malo para el país. Un libro que él escribió se llama Santuario de extravagancias. Yo lo tuve en mis manos, pero no lo quise leer. Su vida también fue de película.

L.B.B.: Sí. También fue personaje de sus novelas.

A.S.: Sí. No creo que se pueda definir fácilmente a Despouey. Se mofaba de sus jefes. No sé cómo trabajaba. Nunca lo hice junto a él. Pero todos lo querían, de forma prodigiosa.

L.B.B.: Claro. Debía de tener algo.

R.A.: Federico me sugería que le preguntara si siempre hay pujas políticas en torno de la crítica. Las generaciones parecen parricidas. Hoy, aquí, la gente de treinta años reniega de Benedetti, de Galeano.

A.S.: Qué barbaridad. Qué le vamos hacer, es así. En aquella época no se leía a Rodó, pero sí a los poetas. Juana de Ibarbourou era leída. Era algo limitado. Rodó aburría. Benedetti es un titán. Ayer lo llamé para felicitarlo. Claro, el que no ha vivido lo de Benedetti… Y Galeano es colosal. Es una lástima, vamos.

L.B.B.: Estaremos, realmente, más que agradecidos por todos los datos que nos pueda dar para componer un poco ese mundo cultural.

A.S.: Muy bien.

W.S.: Después de nuestra primera entrevista fui a ver su obra y me llamó mucho la atención lo que usted produjo para nosotros en el año 86: La singular vida de Don Nadie y su inusitada desaparición o la circulatura del cuadrado, título que es ya bastante largo de pronunciar.

A.S.: (Risas) Sí, sí. Es una cosa que hice porque un día estaba aburrido. La crítica de Montevideo, aunque mínima, fue horrorosa.

W.S.: ¿Por qué?

A.S.: Ah, no sé. Decía que era una porquería, vamos. Allá el crítico.

W.S.: Así que la crítica aquí fue despiadada.

A.S.: Una. Fue una sola, que salió, muy pequeñita, en un diario –no sé ni cuál era, no me acuerdo-, pero sí, fue muy dura.

W.S.: Tengo algunas preguntas, porque la hallé muy interesante. La primera de ellas es acerca de la carátula, ¿quién se la hizo?

A.S.: Yo, yo mismo.

W.S.: ¿Usted es Salsi?

A.S.: Sí. El tema es que soy grabador, o lo era.

A.S.: Dejé cosas por todos lados. Tengo muy pocos grabados acá, en casa. En Estados Unidos los hice profesionalmente.

W.S.: ¿En qué revista, o para quién?

A.S.: No, no. En Estados Unidos hacía exposiciones. Después expuse en General Electric, en Montevideo, y otra en Punta del Este. En Francia trabajé mucho para la revista de la Unesco y produje, inclusive, dos o tres carteles. También lo hice para Naciones Unidas, pero eso fue por placer, exclusivamente. En España, más que nada, dibujaba, y también exponía mucho. Sí, eso era parte de mi vida.

W.S.: Ah, pero usted es polifacético. Esa parte yo no la conocía.

A.S.: (Risas) Sí, más o menos.

A.S.: Bueno, a mí me fascinó toda la vida el dibujo, la pintura. El sueño de mi vida, digamos cuando era muy pero muy joven, era ser un buen artista. Me gustaba mucho. Por razones personales tuve que renunciar a eso y dedicarme a trabajar. Después, por el 60 y tantos (yo era muy amigo de Antonio Frasconi; inclusive creo que fui el primero que escribió artículos sobre él, en la revista América, de la Organización de Estados Americanos), lo intenté, pero me pareció un desastre lo que había hecho y no produje más nada. Pero cuando, en una época, me volvió la locura por hacerlo, empecé otra vez. Mi hija me trajo, una vez, un grabado que había hecho en el liceo y que a mí me gustó mucho. Entonces, para la Navidad, le compré lo necesario para que ella pudiera realizar esa tarea. Pero a Alma se le antojó que teníamos que hacerla juntos. Y entonces empecé. Tuve suerte. Le hice un cuento y lo ilustré, y ese cuento ganó el único premio que tengo en mi vida, de Grafic Arts, en el año 1963.

W.S.: Ya veo que esa colaboración estuvo muy bien. Ahora bien, ¿por qué tituló su libro en esa forma tan humorística y enigmática, que parece enganchar al lector?

A.S.: Para eso. La gente podía pensar que era una locura, y querría ver qué era.

W.S.: ¿Obedecía un poco a aquello de romper con “Tontovideo”, que usted proponía en su momento?

A.S.: ¿En qué sentido?

W.S.: En el de retomar aquel espíritu festivo que los animaba a ustedes con respecto a la grisura de la vida montevideana.

A.S.: Bueno, sí y no. Yo quise hacer las cosas muy en serio, demasiado en serio. Creo que el gran defecto que he tenido en mi vida ha sido ese. Después de que murió mi primera mujer traté de salir de la depresión y escribí un libro, al cual renuncié completamente, que se llama Todos sumamos cero, impreso en Venezuela. Más adelante ya no quise escribir nada más en serio, salvo ese pequeño libro, un poco para eso, para divertirme. Pero creo que mi sentido del humor no tiene nada que ver con el sentido del humor uruguayo.

W.S.: Sí, su humor está lleno de bromas, según lo que he podido leer. Es un poco para entusiastas, por ejemplo, de las palabras. “Los problemas de las palabras” fue un capítulo que les gustó mucho a los estudiantes del seminario, porque yo se los leí.

A.S.: ¿Ah, sí?

W.S.: Sí. Las vicisitudes de las palabras. Creo que usted juega con la situación que había en Europa en ese momento, por ejemplo, con la palabra solidaridad, o con los problemas de las palabras de género femenino.

A.S.: Sí, hay mucho de eso.

W.S.: ¿Usted reflexionaba sobre eso mientras iba escribiendo? Porque son pequeños capítulos que empiezan y terminan, y van enganchándose unos con los otros.

A.S.: Sí. Uno de mis defectos es que reflexiono demasiado, pienso demasiado. Soy un compulsivo, como me dijo una médica acá: soy un ser compulsivo e impulsivo. Por ejemplo, ese librito lo escribí sin corregir nada, todo derecho. Me había invitado Chifflet, que es un arquitecto muy bueno que tenemos en París, para analizar una tesis, y hacía mucho frío. No sé qué diablos pasó en la facultad, que la reunión no se convocaba. Yo me metí en un café. Me dijeron que me iban a llamar, y me llamaron, pero lo hicieron dos horas después. Y cuando eso pasó yo ya había escrito más o menos la mitad del libro.

W.S.: ¿Entonces lo tenía pensado?

A.S.: No, no. No hay nada pensado en él.

W.S.: Entonces yo, desde acá, me hice toda una fantasía. Ahora le voy a pasar con Federico, pero antes le voy a contar que en una clase le manifesté a Lisa, como ilustración, que ese capítulo me vino muy bien. Así que usted volvió a resonar por todos lados. Lo dejo con Federico.

F.B.: ¿Qué tal, Asdrúbal, cómo le va?

A.S.: Muy bien.

F.B.: Me alegro mucho. Esta vez tenemos la entrevista un poco más libretada, digamos así, porque a partir de la tertulia pasada generamos una serie de inquietudes de las que nos gustaría tener respuestas de forma más concreta.

A.S.: Como no.

F.B.: En ese sentido, nos pareció que usted era un observador ideal de un Montevideo que, por supuesto, ha cambiado, como todo. Nos interesa tener una síntesis de las reflexiones sobre ese Montevideo que usted conoció, desde su perspectiva de escritor, en la medida de un observador privilegiado y, a la vez, sus recuerdos personales, que no sé si coinciden con los del escritor, de la vida juvenil, de las actividades liceales y teatrales del inicio.

A.S.: Sí y no. El problema es que mi vida en Montevideo, como adulto, iría desde el 34, después del golpe de Estado de Terra, el 31 de marzo del 33, hasta el 47, porque ya en ese año me fui a trabajar en Naciones Unidas. Es decir, a servir, como he dicho ya. Esa fue una época ideal, en el sentido de que me moví en el ambiente que yo más deseaba y que a mí más me gustaba, que era el de los intelectuales, los escritores, los músicos, los artistas, los pintores. Era muy amigo de Antonio Frasconi, de Eric Simon, de Grezzi, tanto en la música clásica como en el jazz, que en esa época se consideraba muy poco serio. Fui amigo de Florio Parpagnoli, que era arquitecto, y que había escrito una biografía estupenda, cuando era muy joven, sobre Florencio Sánchez. También lo fui de los jóvenes, como Halty, el arquitecto que murió, que era brillantísimo e hizo muy buenas exposiciones, algunas en la AIAPE. ¿Sabe lo qué era la AIAPE?

F.B.: No.

A.S.: Fue uno de los centros culturales más extraordinarios. Estaba en la calle Cuareim, si mal no recuerdo. Era una asociación de intelectuales, artistas, periodistas y escritores. ¿Qué era el Uruguay en ese momento? Una especie de receptáculo de cosas exteriores e interiores, interiores en el sentido de Terra y compañía. Es decir, había que despertar a los jóvenes, que ni siquiera nos dábamos cuenta de lo que había pasado -porque no comprendimos lo sucedido hasta pasados unos meses-, y hacerlos tomar una posición, inclusive política. Eso por un lado, muy importante. Había una gran inquietud. Por el otro lado, a medida que pasaban los años, iba naciendo el fascismo en Europa, y se iba expandiendo. Como yo soy un bicho raro, un animal de instinto, tuve la suerte –o la desgracia, no lo sé- de tener muy buenos amigos libreros, y me dieron en el 33 un libro que fue fundamental: Mein Kampf, de Hitler, con el cual me horroricé. Empecé a escribir y a hablar por radio. La gente decía que yo estaba loco, que para qué me metía en esas cosas. Para mí la situación era gravísima. Estaba la guerra civil española, se derrumbaba todo un mundo, y ese era un mundo realmente maravilloso. En el Uruguay, en esa época, había un verdadero crítico, que era Zum Felde. Ese era verdadero. La gente no tenía mala leche. No escribía para decir “el tío este es muy malo”. Si no le gustaba no escribía, pero no criticaba. El que empezó con la crítica de cine fue Despouey. Después, como siempre pasa, eso se degeneró, y lo único importante era criticar, poner a alguien que ha hecho algo distinto a los demás en una situación difícil, o buscarle tres pies al gato. Pero también hubo gente absolutamente increíble. Empezamos a recibir a los que venían huyendo de Europa. Vinieron Jules Supervielle y Torres García, que estaba quién sabe dónde. Eso trajo una cantidad de movimientos. Yo diría que había tres centros culturales importantes: la AIAPE por un lado; por el otro, Arte y Cultura Popular, que era financiada por el Ministerio de Instrucción Pública y por la Universidad; finalmente, el Instituto Cultural Anglo Uruguayo. Esos tres centros fueron dirigiendo al país. Entre los viejos estaban, además de Supervielle, Zum Felde, de la generación anterior, o Julio Casal, siempre al lado de Juvenal Ortíz Saralegui. Hacían unos folletitos que eran una delicia -todavía los tengo-; se llamaban Cuadernos de Julio Herrera y Reissig. Allí publicaban poetas nuevos, como Caputti o Dotti, muy buenos. También estaba la señora de Müller, que era quien animaba Arte y Cultura Popular, de donde hizo surgir mucha gente, no solo a los conocidos. Entre ellos estaba Orfilia Bardesio, por ejemplo. Con ella yo cometí un pecado, probablemente, pero no estoy arrepentido en lo más mínimo. Había una organización, que había creado un argentino, Brughetti, sumamente graciosa: la Sociedad de Amigos del Libro Rioplatense. Cada ejemplar decía “Este libro ha sido impreso especialmente para Fulano de Tal”, con su nombre. Claro, para un muchacho de veinte años aquello era fenomenal, era darle un carácter especial. Brughetti, Morosoli –el hermano del escritor, que era quien los distribuía– y yo, le pedimos prestados a esta chica unos poemas que había leído en la casa de la señora de Müller, y yo no se los devolví. Lo que hice fue hablar con Morosoli, y con Pena, que hizo la tapa del libro, y lo imprimimos. Después me fui para Inglaterra, y ella me mandó, con toda razón, una carta feroz, diciendo que yo no tenía autoridad para hacer lo que había hecho, etcétera, etcétera. La carta cambió cuando ella ganó el premio de literatura. Esa fue muy buena. Di el libro a un tonto crítico chileno que se quedó con él, y nunca más lo recuperé. Teníamos cosas sumamente interesantes. También estaba Paco Espínola, no hay que olvidarse de él. Era no solo un gran escritor, sino un individuo que leía o decía las cosas de una manera absolutamente única. Se hizo célebre en la revolución contra Terra, en el episodio del Paso Morlán, que no sé si usted conoce.

F.B.: De nombre, nada más.

A.S.: En el Paso Morlán estaban defendiendo al ejército –ejército entre comillas– de revolucionarios contra Terra: tres personas. Eran Zavala Muniz, Paco Espínola y Juvenal Ortiz Saralegui. Ninguno de ellos era un ejemplo de habilidad manual. Estuvieron tirando con la ametralladora pesada hasta que se les acabaron las balas. Cuando eso pasó, se entregaron.

F.B.: Eso sí es increíble. Yo no lo conocía.

A.S.: Lo bueno viene después. Los prenden a los tres. Les empiezan a hacer preguntas, como cuántos son, y contesta Paco: “Yo estoy protegido por el Tratado de La Haya”. El capitán estaba indignado. Le dice: “Yo te voy a hacer hablar”, y los pone a los tres contra una pared. Asegura que los va a fusilar y da la orden: “Preparen, apunten, …”. Después viene corriendo uno de ellos. Los sacan de allí, los ponen en otro lado y lo mismo ocurre tres veces. Paco Espínola, la tercera vez, le grita : “Che, sargento, matame esta vez, si no me voy a morir de risa”. Genial, ¿no?

F.B.: (Risas) Qué coraje.

A.S.: A Gestido, que era capitán de la Aviación, Terra le ordenó que bombardeara a los revolucionarios. Gestido le dijo: “Señor Presidente, usted sabe que tenemos muy malos pilotos. Quién le dice a usted que se equivoquen y le tiren una bomba en el Palacio Presidencial”. Terra, que no era tonto, le respondió: “Bueno, le dejo a usted que haga las cosas como mejor estime”. Gestido bombardeó las caballadas, pero no a los revolucionarios. Una cosa muy interesante, ¿no?

F.B.: Sí.

A.S.: ¿Y toda esa gente y yo cómo nos conocíamos? Es que nos encontrábamos siempre en los mismos lugares. En el Paraninfo de la Universidad, en los cines, en los conciertos, o en el Sodre, donde daban películas los sábados. Poco a poco nos íbamos conociendo, empezábamos por saludarnos y después nos encontrábamos en el café. Entonces se formaba el grupo, se discutía y se hablaba. Yo, más que nada, lo que hacía era oír, porque no me sentía lo suficientemente capaz como para intervenir en muchas cosas. Me interesaba mucho la cosa política, la lucha antifascista básicamente, y me sigue interesando, exactamente igual que cuando tenía veinte años. Teníamos gente maravillosa, a Fernando Pereda, por ejemplo, con sus poemas increíbles. Sobre todo, fui un verdadero amigo de una persona a la que trataron muy mal en Montevideo, que era Felisberto Hernández. Fue uno de los personajes más originales, uno de los artistas más brillantes, diría yo, que ha tenido el Uruguay. Dijeron que andaba metido en cuestiones fascistas, o algo por el estilo. Creo que si le hubieran preguntado a Felisberto quién era el Presidente de la República, quizás no lo hubiera sabido. Es verdad. Era como un niño grande. Fue un magnífico pianista, además. Se le ocurrió dar conciertos en las ciudades del interior y no iba nadie. Entonces, un día llevó a cabo una idea genial: empezó a llorar luego de un concierto. Lo rodearon algunas mujeres. Él llevaba algunas medias de mujer y se las vendió. Después, siempre repetía la misma escena. Tenía su gerente, su administrador, un tipo barbudo, estupendo, enorme, que se llamaba Venus. Venus me dio a mí, en unas vacaciones que pasé en Montevideo, cuando murió Felisberto, todos los originales, porque había algunos problemas con la familia. Los doné a la Biblioteca Nacional, porque me parecía una barbaridad que los tuviera yo.

F.B.: El momento del cine mudo, con Felisberto interpretando al piano, también habrá sido jugoso de observar.

A.S.: Sí, sí. Todo lo que hacía Felisberto era increíble. Un día vino a casa de mis padres y me dijo “Te voy a tocar el piano”, y lo hizo como hasta las 2 ó 3 de la mañana. Otra vez nos encontramos en un tranvía e hicimos como siete u ocho veces el viaje de un lado al otro porque me estaba contando un cuento que se le había ocurrido.

F.B.: Tiene un cuento interesante en un tranvía, con una aguja hipodérmica y en relación a la publicidad. Es muy llamativo.

A.S.: Era increíble. Había otras personas de una calidad… Estaba Juana de Ibarbourou; estaba Clara, la mujer de Zum Felde, de quien Cúneo hizo un retrato maravilloso, me acuerdo que con un vestido rojo. Muy bueno. Había una explosión de hacer cosas, un deseo enorme. A mí me lo cortó mucho el temor a la expansión del nazismo. Terra, como les dije ya, siguiendo la moda quiso construir una represa y se hizo una convocatoria. Se presentaron los ingleses, los franceses, los norteamericanos y los alemanes.

F.B.: Pero fueron los alemanes los que mejor cotizaron.

A.S.: En realidad hicieron la obra por la mitad del precio, para infiltrarse en el país. No eran nada tontos. Ahí apareció Fuhrman, a quién nombrarían gaulaiter del Uruguay después de la conquista. La idea era tomar el país, porque así se tomaría el canal del Río de la Plata y, por lo tanto, a Buenos Aires que caería inmediatamente. En esa época no había mucha aviación. Lo que había era barcos. Por otro lado, en el Brasil vivía una enorme cantidad de alemanes, en Santa Catarina. Inclusive, aún hoy existe la ópera en la que iban a darle la bienvenida a Hitler, cuando los visitara.

F.B.: Qué increíble. De eso no hay nada escrito, que yo sepa.

A.S.: Sí, hay cosas escritas. De casualidad leí un diario uruguayo, porque no los recibo, en el que un periodista, muy joven probablemente, decía que había descubierto un libro que se llamaba Alta traición en el Uruguay, que firmaban Brena y otra gente. De lo que él no se daba cuenta era que se trataba del informe de la Comisión del Senado sobre Investigación de Actividades Antinacionales. Ni idea tenía. De más está decir que yo hablaba, normalmente, seis o siete veces por semana por radio, y no me daban pelota.

F.B.: Eso le quería preguntar. Usted hablaba de esto por radio. ¿Cuáles eran los círculos, si se podían identificar, que más reaccionaban negativamente? Hoy esbozó que había gente que decía, poco menos, que usted estaba loco al aventurarse a opinar, por ejemplo, del libro de Hitler.

A.S.: La cosa era tratar por todos los medios de desautorizar lo que hacía. Por ejemplo, decían que yo estaba pagado por la Embajada Británica. Era falso. El único que me ayudó era Archie Whitaker, mi ex profesor de inglés, que pagaba los anuncios de una columna para los actos que hacíamos en el Ateneo. Esa fue la única ayuda que yo recibí. Ellos mismos se hundieron, porque quisieron hacer un acto para competir con lo que habíamos hecho en Montevideo. Creo que fue en Paso de los Toros, o algo por el estilo. Y lo hicieron tan mal… Un grupo de automóviles iba con banderas nazis, y algunas personas los empezaron a increpar. Uno de los automovilistas sacó un revólver, disparó un tiro y mató a un niño de los que estaban ahí, sin hacer nada.

F.B.: Qué increíble.

A.S.: Por supuesto, la reacción popular consistió en que deshicieron los autos y las casas de estos tipos, de los que se conocía que eran nazis. La gente ignoraba que era tan grave. Les parecía que Alemania estaba muy lejos. No se daban cuenta de que si se tomaba África sería verdad lo que decía Hitler: que tomaría América Latina por teléfono. Era cierto. Había más o menos unas diez mil personas en el Uruguay que estaban dispuestas a colaborar con él. Tenían una estructura. El libro Alta traición en el Uruguay muestra la única vez que hubo un juicio por alta traición en el país, con treinta años de prisión y diez de medidas de seguridad, es decir, cuarenta años. Se prendió a todo el personal importante. Había dos grupos de extrema derecha. Estaban los que mataron los tupas. No recuerdo los nombres. Dos de ellos habían dicho que me iban a liquidar y ese tipo de cosas. Por supuesto, estaban en contra de todo. Yo hice cosas sumamente interesantes. Tenía un programa en radio Ariel, por el que, por supuesto, no me pagaban. No quería que lo hicieran, porque deseaba mantener mi independencia y decir lo que se me diera la gana. Conseguí un amigo en Rodados, y otro que trabajaba en el Carné de Salud, donde guardaban una cantidad de datos personales y fotos. En esa época no se podían cobrar los sueldos, públicos o privados, si no se tenía el carnet al día. Entonces, yo empecé a pedir a la audiencia que me hiciera saber cuando notaran movimientos distintos en los autos del barrio. Llamaron muchas personas y me dieron muchos datos. Me pasaban los números de las matrículas de los mismos. Con eso yo iba a Rodados y conseguía el nombre del dueño. Después, con ese nombre, en el Carné de Salud obtenía todos los datos sobre la persona. Comencé a hacer ficheros de aquellos que se veía que tenían actividades nazis. Los entregué a la Comisión del Senado. Fue una experiencia interesante.

F.B.: Usted se fue en 1947. Esos círculos ¿cómo se disolvieron o volvieron a camuflar socialmente?

A.S.: No tengo idea. Hubo un solo grupo, con un muchacho de mi edad que se llamaba Charlie Mccall, que fue el más activo. Pero cuando me fui, el hecho de estar en la Secretaría de Naciones Unidas, de servir para ésta, me obligó a renunciar a toda acción política. Entonces no volví ni me puse otra vez en contacto con nadie. Yo había estado relacionado con mucha gente que estaba metida en esto, incluyendo a Hugo Fernández Artucio. Fue el gran luchador antinazi del Uruguay, aunque después cayó en la trampa y publicó una revista, Mundo Libre, que posteriormente se descubrió que estaba pagada por la CIA. Así que cayó de un lado al otro. Muy mal, ¿no? La cosa era mantenerse puro y era muy, muy difícil. ¿Qué más quieren saber?

F.B.: Teníamos una serie de preguntas sobre Arturo Despouey. Nos interesaba saber si él realizó otras actividades en Londres.

A.S.: No, lo que hizo allá fue trabajar en la BBC, en el departamento español.

F.B.: ¿No desarrolló nada de teatro?

A.S.: No. Hizo una película, eso sí, en la que él era actor.

F.B.: ¿La dirigía también?

A.S.: No, no. Sólo actuaba. Estuvo un día en cartel en el Cine Ariel.

F.B.: ¿Era un largo de ficción?

A.S.: Sí. Era un policial. Pero era Arturo Despouey, no un personaje.

F.B.: (Risas) Fue una coincidencia total.

A.S.: Que yo sepa no hubo nada más con el grupo de la BBC. Sí fue relator de El Quijote, que fue la mejor producción que hizo la BBC en español.

F.B.: Despouey decía algo así como que se sentía más inglés que uruguayo y más francés que inglés. ¿Estas eran unas características que él se forjaba o efectivamente se sentía así?

A.S.: Arturo decía algo que nunca entendí ni acepté: que el mundo era una pieza de teatro. Él representaba en esa pieza. Se hizo un personaje y actuaba en ella. Su reacción frente al mundo, según lo que él le decía a algunos amigos, se debía a que era muy tímido. No creo para nada que fuera tímido pero, en fin, quizá lo era. Cada uno oculta una cantidad de cosas. Lo que siempre seguía haciendo era escribir una pieza de teatro que nunca salía en ningún lado. Era un trabajador infernal. Cuando se le daba por escribir una pieza de teatro lo hacía como loco, todo el día. Cuando no estaba trabajando en la oficina venía a casa y se ponía horas y horas a trabajar con la máquina de escribir.

F.B.: Y no las concluía.

A.S.: Sí las concluía. Concluyó 25.000. Dios sabe quién las tiene. Yo nunca las vi.

F.B.: ¿Y hubo alguna representación?

A.S.: Puerto. La dio en el 18 de Julio. No duró mucho.

F.B.: Claro, su faceta de crítico es la que se le reconoce actualmente.

A.S.: Sí. Me quedé muy sorprendido, porque a un crítico que había dicho de mí que había mejorado la literatura uruguaya y yo que sé cuántas cosas, lo vi varias veces después, estuvimos hablando y le pedí que hiciera algo con Arturo. Leyó todo el material pero no le gustó. Cada uno tiene sus gustos. A mí me parecía que era un muy buen escritor. Muy bueno, muy peculiar. Tenía tantos individuos que estaban a favor de él en un cien por cien, como enemigos en un cien por cien.

F.B.: Eso habla bien de él. Cuando uno divide las aguas…

A.S.: Sí. Eso era tremendo. Dio una conferencia, que es de la que me acuerdo más. Creo que fue la primera. Se llamaba “Impromptu isabelino”. Me pareció genial. Estaba llena de enemigos suyos. Los tipos, cuando terminó la conferencia, estaban de pie, aplaudiendo. Arturo era muy capaz.

F.B.: Asdrúbal, la verdad que fue un placer. Le paso con Lisa, que lo va a saludar, y le mando un abrazo.

A.S.: Igualmente. Hasta luego.

L.B.B.: Quería agradecerle fervorosamente tanta información, tanta generosidad al transmitirla.

A.S.: Encantado.

L.B.B.: Me gustaría saber cómo se puede recuperar el cuento ilustrado que usted hizo con su hija Alma en el 63, al que usted hizo referencia.

A.S.: A ese lo tengo. Es un solo ejemplar.

L.B.B.: No está en la Biblioteca Nacional, porque se publicó en Estados Unidos.

A.S.: No, se publicó en España. Lo hice en Estados Unidos y Francia, como un cartel. Acá, un pintor, bastante loquito, lo sacó en un libro de arte. Muy bonito. Es muy breve, porque Alma era muy pequeña. Lo que valía era la ilustración. Ayer mi hija descubrió el boletín Cultura. Es muy simple, aunque a ella le pareció fantástico. Si estaba en el Instituto Cultural Anglo Uruguayo era lógico que diera a conocer cosas tanto inglesas como uruguayas. Me llegaba una cantidad enorme de publicaciones de Inglaterra, puesto que yo era el bibliotecario del Instituto. Allí cometí una falla brutal. Recién habían sacado la traducción del Ulises y yo estaba enloquecido con ella. Estaba furioso de que se la comparara con el Ulises de Homero. Me acuerdo que en esa época uno de los individuos que sabía más era José Podestá. Salí una noche con él, le pregunté sobre el asunto, y eso afirmó mi desconocimiento. Publiqué algo que Emir Rodríguez Monegal definió como un disparate. Y era verdad. Como tenía razón, no respondí.

L.B.B.: Era muy severo, entonces.

A.S.: Estaba muy bien. Uno, cuando escribe, tiene que tener conocimiento y responsabilidad. Yo había fallado en los dos aspectos.

L.B.B.: No creo. De cualquier manera una traducción del Ulises sería una iniciativa bastante heroica.

A.S.: Le llevó diez años. Yo intenté leerlo en inglés y debo confesar que no pude con él.

L.B.B.: Creo que nos pasó a todos. Asdrúbal, muchísimas gracias otra vez.

A.S.: Me siento muy honrado de que la Universidad, a través suyo, me haya dado una oportunidad de recuperar cosas tan entrañables.

L.B.B.: Es muy importante para nosotros, realmente. Quedamos más que agradecidos. Un abrazo.

A.S.: Igualmente.

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